
Cuando la música asusta
del vals al reguetón, una historia de pánico moral Por Donna Herrera
El vals: escándalo en los salones europeos
“Basta con observar el voluptuoso entrelazamiento de las extremidades y la estrecha comprensión de los cuerpos al bailar…”. Así advertía The Times de Londres, tras un baile real del siglo XIX, sobre el supuesto peligro moral del vals. “Cuando la música asusta”, lo que hoy nos parece elegante y hasta inocente fue, en su momento, un escándalo social. El contacto cercano entre los cuerpos, la intimidad del giro y el abrazo, eran vistos como una amenaza a la modestia femenina y al orden social. Se llegó a hablar de “contagio fatal” si las jóvenes respetables se exponían a semejante exhibición.

Jazz: el nuevo enemigo del siglo XX
La historia se repite con asombrosa precisión. A comienzos del siglo XX, el jazz ocupó el lugar del enemigo público. En 1921, ¡Anne Faulkner publicó en Ladies’ Home Journal su artículo “Does Jazz Put Sin in Syncopation”! donde calificaba al género como una “disonancia destructiva” capaz de corromper a la juventud. Poco después, The New York Times vinculaba el jazz con “la decadencia de la civilización occidental”, la degradación de la música clásica y hasta la irritación de los nervios. Desde púlpitos eclesiásticos se le llamó, sin matices, “música del diablo”, una vez más cuando la música asusta.

Rock and roll: juventud, rebeldía y alarma social
Décadas más tarde, el rock and roll heredó la etiqueta de amenaza cultural. Incluso figuras consagradas como Frank Sinatra llegaron a describirlo como “la forma más brutal, fea, desesperada y viciosa de expresión”, aunque con el tiempo suavizaría su postura. Elvis moviendo las caderas, guitarras eléctricas distorsionadas y multitudes adolescentes gritando eran, para muchos adultos, señales inequívocas del colapso moral.
La música como espejo del cambio social
¿Qué nos dice este patrón que atraviesa siglos y estilos? Que la música, desde sus inicios, ha acompañado a los seres humanos como espejo y motor de cambio. Cada transformación social —industrialización, urbanización, revoluciones culturales— ha tenido su banda sonora. Y cada nueva banda sonora ha sido recibida con sospecha por quienes sienten que el mundo que conocen se desvanece.

El miedo a lo nuevo y la sombra colectiva
Curiosamente, los animales suelen ser más honestos con sus gustos: si un sonido no les agrada, simplemente se alejan. Los humanos, en cambio, a menudo permanecemos para criticar. Escuchamos aquello que no nos gusta con el único propósito de confirmar que no nos gusta. Y en ese gesto se revela algo más profundo: el miedo a perder referencias, a que los códigos culturales cambien demasiado rápido. O miedo a mostrar la sombra (famosa por Jung), aquello que reprimimos y escondemos en lo más profundo de nuestro subconsciente y cuando ya no aguanta más nos explota en la cara sin miedo a las consecuencias.
¿Influye la música en la sociedad?
Se acusa a la música de influir en la sociedad, de incitar conductas, de moldear valores. Sin duda, tiene impacto. Las letras transmiten ideas, los ritmos movilizan emociones, los conciertos generan identidad colectiva. Pero también es cierto que nadie puede obligarnos a escuchar algo que no queremos —a menos que nos hipnoticen, claro está—. La elección sigue siendo personal. La música puede proponerse; la escucha es voluntaria.

De lo obsceno a lo clásico
El caso del vals resulta especialmente irónico. Aquella danza del siglo XIX, criticada por su cercanía física y su supuesta indecencia, es hoy sinónimo de tradición, elegancia y ceremonia. Lo que ayer fue obsceno, hoy es clásico. Lo mismo podría decirse del jazz, ahora estudiado en conservatorios, o del rock, convertido en patrimonio cultural. Muchos de los ritmos que provocaron alarma terminaron no solo sobreviviendo, sino definiendo épocas.
En la actualidad, géneros urbanos como el reguetón reciben críticas muy similares a las que escuchó el vals hace dos siglos: letras explícitas, bailes sensuales, influencia negativa sobre la juventud. La frase popular lo resume con humor: “A lo que te resistes, persiste”. Tal vez la oposición frontal no hace más que reforzar la presencia de aquello que se quiere erradicar.
Cada generación necesita su ritmo
La música cambia porque la sociedad cambia. Y la sociedad cambia porque las personas buscan nuevas formas de expresarse, amar, protestar y celebrar. Cada generación necesita su propio ritmo para contar su historia.
Quizás la lección sea más sencilla de lo que parece: en lugar de enojarnos ante lo nuevo, podríamos intentar comprenderlo —o simplemente dejarlo pasar si no es para nosotros—. Escuchemos lo que nos haga vibrar, bailemos como queramos y permitamos que otros hagan lo mismo. Porque si algo demuestra la historia es que cuansdo la música asusta, lejos de austar y destruir la civilización, la acompaña en cada paso de su transformación.
Y si estamos contentos, ME LOS VOA LLEVAR A TODOS A UN VIP…

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